Con ilusión y previsión, Saray vino con bastante antelación para escoger personalmente cada elemento que daría vida a la decoración de su gran día. Y entonces llegó la gran sorpresa: la boda se celebraría el 31 de diciembre, en medio de la magia de las fiestas navideñas.
Una boda en Navidad tiene algo que la hace incomparable. Quizá sea la luz dorada de las velas reflejándose en cada rincón, el aroma a eucalipto fresco o esa sensación de abrigo que solo diciembre sabe regalar.
La ceremonia estuvo envuelta en una atmósfera íntima y cálida con destellos dorados. Cada detalle evocaba la magia de estas fechas, pero sin perder la elegancia propia de una gran celebración. No fue solo una boda; fue una celebración del amor en el momento más acogedor del año.
Porque cuando el “sí, quiero” se pronuncia en Navidad, la magia se multiplica.
¡Felicidades a los novios! Que su amor brille más que las luces de Navidad y que cada año que compartan sea aún más mágico.









